Inmediatamente anterior a la Cuaresma, un periodo solemne y de ayunos, se encuentra una festividad que contrasta radicalmente con la celebración cristiana. El Carnaval siempre se ha caracterizado por ser un momento de descontrol y excesos, lo cual tal vez se podría interpretar como una preparación psicológica para las abstinencias de la Cuaresma. Sin embargo, la historia del Carnaval nos revela un colorido mural de interpretaciones y tradiciones.
Ritual cósmico y de fertilidad
En algunas localidades pirenaicas se celebran las fiestas del oso, donde todavía se puede ver con claridad creencias antiguas asociadas a las fechas del Carnaval. La idea es sencilla: el oso “despierta” tras hibernar y su regreso marca el paso hacia una época con más vida, la primavera.
Bajo estas interpretaciones, el Carnaval tiene su origen en tradiciones ancestrales que buscan asegurar la transición del invierno, periodo en que malos espíritus deambulan con mayor libertad, a la primavera.
Al formar parte esencial de la transición hacia la primavera, esta tradición tenía una gran importancia para revitalizar la fertilidad de los suelos. Lo que nos podría sorprender, es que esta relación con la fertilidad también se traducía al mundo humano y animal.
Esta lectura nace de la visión del Carnaval como una continuación de unas fiestas de la antigua Roma, las llamadas Lupercales. Dichas fiestas estaban relacionadas con la fecundidad de la mujer y del ganado, y se celebraban en el Palatino. La festividad iniciaba con un sacrificio y después tenía lugar una curiosa tradición que, citando a Plutarco, Caro Baroja nos describe:
«Dos jóvenes, hijos de patricios, son llevados al lugar de la matanza… Una vez cumplido esto, y habiendo cortado las pieles de macho cabrío en tiras, los lupercos corren medio desnudos, cubriendo tan sólo con algo la cintura y azotando a todo aquel que se encuentran; las mujeres jóvenes no deben evitar sus golpes pues se imagina que ellos les proporcionarán la concepción y les ayudarán en el alumbramiento.»
El mundo al revés
A lo largo de su historia, el Carnaval ha mostrado un conjunto de prácticas que se salen de la normalidad. Las grandes comilonas, borracheras e ingeniosas burlas, a menudo con cierta crítica social, se salían de la normalidad para las capas bajas de una sociedad fuertemente jerárquica.
Al igual que en las interpretaciones anteriores, aquí también se han encontrado paralelos con fiestas de cierta antigüedad como la Saturnalia y las Matronalia romanas o las fiestas de locos medievales.
La Saturnalia era una celebración al dios Saturnus, quien antiguamente gobernó en una edad dorada en la que todos los hombres eran iguales. Esta festividad era conocida por la libertad que los esclavos gozaban durante su desarrollo. Se ha llegado a decir que en la Saturnalia los dueños y señores se servían a ellos mismos e incluso servían a sus esclavos. Por la noche, los siervos, esclavos y el bajo pueblo invadían las calles; celebrando con todo tipo de licencias. Por lo que vemos, las Saturnales eran las fiestas de siervos por excelencia. Un periodo en el que la inversión de roles recordaba a una edad dorada en que todos los hombres eran iguales.
Naturalmente, con la llegada del cristianismo la Saturnalia llegaría a su fin. Aunque, muchos estudiosos han visto en las fiestas de locos medievales, el antecesor más directo del Carnaval moderno, una transformación más o menos directa de la festividad romana.
En las fiestas de locos medievales una de las tradiciones más emblemáticas se vería en la figura del “obispillo”, un niño elegido por los monaguillos y niños de coro. Se vestía con indumentarias que imitaban a las de un obispo y, en algunas fechas a lo largo de diciembre y enero, se encargaba de hacer una parodia del mismo. Incluso, en la festividad de los Santos Inocentes, se llegaba a hacer esta parodia dentro de los mismos templos, momento en que el obispillo subía al coro, rezaba burlescamente y cometía bromas toscas en imitación del obispo.
Esta tradición era solo una de muchas otras costumbres de carácter burlesco, crítico y de reversión de roles de las fiestas de locos medievales, especial mención a la fiesta del asno (1 de enero), las fiestas de inversión en Santa Agueda (5 de febrero) y la amplia variedad de “reyes” burlescos elegidos en distintos días dentro de este periodo.
Si bien los rituales de inversión se podrían interpretar como el carácter más popular y socialmente crítico del Carnaval, sería inadecuado concluir que estas tradiciones suponían un quiebre con el orden establecido. Es más, esta concentración de los sentimientos de diversos grupos sociales en momentos específicos servía como un mecanismo de control de comportamientos, que de normalizarse presentarían un verdadero problema para el status quo. Sin embargo, esto no impediría que en numerosas ocasiones las autoridades intentasen limitar o prohibir estas festividades; siempre con éxito limitado y en ocasiones con consecuencias violentas
Ostentación y poder
Eventualmente, el mundo laico adulto, organizándose en compañías y comparsas burlescas, tomaría un mayor rol en las en estas festividades. Estas organizaciones crecerían en número y complejidad, dejando de ser protagonizadas por niños y jóvenes. Es así como los burgueses y nobles dispusieron de sus propias comparsas que a menudo se oponían a las locuras de las fiestas más populares.
Estos nuevos grupos laicos y urbanos retenían algunos temas clásicos de las fiestas de locos. Se hacían cantos burlescos e irreverentes, proclamando sátiras contra distintos poderes civiles o eclesiásticos. Sin embargo, el contexto urbano y de los grupos que ahora organizaban las comparsas transformaría sustancialmente la festividad. Para empezar, los que montaban los carruajes, cantando burlescamente y haciendo sátiras, eran “ciudadanos notables”. Por otro lado, estas burlas y sátiras iban dirigidas indudablemente a los enemigos declarados de los ciudadanos notables que dirigían cada comparsa.
La composición social de las ciudades también jugaría un papel fundamental en esta transformación. Los distintos barrios, grupos profesionales y clases sociales, todas con crecientes recursos, crearían sus distintas compañías, cofradías y comparsas carnavalescas.
Como hemos visto, el carácter disruptivo del Carnaval, ya sea por una preparación psicológica para abstinencias cuaresmales o por una catarsis de frustraciones sociales, ya lo hacía propenso a excesos. Al añadir a la ecuación los crecientes recursos de la población urbana, la creciente involucración de “ciudadanos notables” y las rivalidades entre ellos; tenemos como resultado una creciente ostentación de la festividad, donde distintas ciudades y grupos sociales competirán por prestigio.
Un ejemplo famoso de este fenómeno serían los Carnavales renacentistas, particularmente en Italia. Lorenzo de Médici convirtió el Carnaval florentino en una pantalla de lujo y ostentación que servía como una extensión de su gloria personal y la gloria de la ciudad. En este nuevo tipo de Carnaval la ostentación y el lujo predominan por encima de críticas y parodias, las cuales podían existir, pero cada vez más en un segundo plano.
Para concluir
Hemos explorado la historia y las distintas interpretaciones del Carnaval. Tomemos en cuenta que todas las interpretaciones que vemos aquí no se deberían tomar de manera absoluta. A menudo, el Carnaval presenta una mezcla de las distintas interpretaciones dadas por académicos; y a menudo en distintos lugares podemos observar una mezcla distinta de las interpretaciones que hemos visto. Naturalmente, el Carnaval en Brasil no es lo mismo que en Ayerbe. Al fin y al cabo, esperamos que esta exploración invite a la reflexión, no solo del Carnaval, sino de las distintas tradiciones que vemos a nuestro alrededor y en el mundo.
Referencias
https://ich.unesco.org/es/RL/las-fiestas-del-oso-en-los-pirineos-01846
i Carós, J.P. (1993). El carnaval y sus rituales: algunas lecturas antropológicas. Temas de antropología aragonesa, (4), p. 278-296.


