Llega septiembre y en Ayerbe se escucha el retumbar de la música. Por la esquina aparecen los protagonistas de las fiestas de Santa Leticia. Primero asoman los gigantes, imponentes figuras de varios metros que bailan al son de la música. Tras ellos irrumpen los cabezudos, personajes de cabezas enormes y facciones exageradas que persiguen y divierten —o asustan— a los niños.
Quien contempla hoy este espectáculo tal vez no imagine que está presenciando una práctica con más de cinco siglos de historia en la península. Los gigantes y cabezudos surgieron a finales del siglo XV como parte esencial de las festividades del Corpus, aunque en 1780 la Corona prohibió estas representaciones. Pese a ello, muchos pueblos siguieron manteniendo la tradición, lo que permitió que, a lo largo del siglo XIX y principios del XX, reaparecieran progresivamente. Es precisamente en este contexto donde encontramos la primera referencia a los gigantes y cabezudos en Ayerbe, publicada en el Heraldo de Aragón en 1913: “Como acto novedoso, aparece la comparsa de Gigantes y Cabezudos, acompañados del Gaitero de Sariñena”.
La comparsa de Ayerbe cuenta con una historia propia, marcada por constantes transformaciones causadas por la fragilidad de los materiales empleados en sus figuras. De hecho, la primera noticia detallada que conservamos nos remonta a 1930, cuando se sabe que los gigantes y cabezudos participaron en las fiestas durante tres días. Aquellos primeros portadores fueron Raimundo Romeo y Blas Jiménez (gigantes), y Valentín Esporrín y Jorge Salcedo (cabezudos).
A lo largo de los años treinta se sucedieron pequeñas anécdotas, como la compra de un pendiente para la giganta en 1931 o la confección de nuevos trajes en 1935 a cargo de Nieves Pérez, con la supervisión de Néstor Juncosa Ladrero. Entonces nacieron dos personajes emblemáticos: El Moro y La Reina. Poco después, en 1939 y 1940, se llevaron a cabo nuevas restauraciones, y en 1944, bajo la dirección de Luis Ladrero Bernués, aquellos gigantes cambiaron radicalmente de identidad: El Moro pasó a ser El Marqués, con sombrero y puro, y La Reina se transformó en La Chata, con una mata de pelo negro.
El Marqués y la Chata. Fuente: Gigantes de Ayerbe
El Moro y la Reina. Fuente: https://www.ayerbe.es/gigantes-y-cabezudos
Isabel y Fernando, los Reyes Católicos. Fuente: Gigantes de Ayerbe.
La década de los cincuenta trajo consigo mejoras en las condiciones de los porteadores, que pasaron a cobrar 50 y después 100 duros por su labor. También fue la época en que se incorporaron nuevos cabezudos comprados a Industria Recacha de Zaragoza, ampliando la comparsa a cuatro personajes: Pinocho, O Fornano, La Agüeleta y Chivoser.
Durante los sesenta continuaron las reparaciones casi anuales hasta que, en un hecho muy recordado, a finales de la década los gigantes fueron condenados a la hoguera en plenas fiestas. Muchos consideraron aquello un error irreparable. Fueron sustituidos por Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, mientras que en 1969 se adquirieron nuevos cabezudos: El Coreano, El Indio, El Mejicano y El Negrito.
Es precisamente en esta diversidad de figuras donde se aprecia un eco del simbolismo más profundo que tuvieron los gigantes en los festejos antiguos: la representación de la iglesia universal, que abarcaba a todas las razas y culturas del mundo. Así, en Ayerbe encontramos personajes como los últimos mencionados, que encarnan de forma festiva y popular esa pluralidad de pueblos, lenguas y tradiciones.
Los setenta y ochenta siguieron marcados por restauraciones, caídas accidentales y cambios de vestuario, que hacían que cada generación recordase los gigantes y cabezudos de manera diferente. En 1992 se renovaron los cabezudos con una nueva partida adquirida en Aragonesa de Fiestas: El Coreano, El Payaso, El Berrugón y El Mejicano.
Un giro significativo se produjo en el año 2000, cuando Isabel y Fernando fueron despojados de su condición regia para transformarse en Leticia y Miguel, pareja de ayerbenses ataviados con el traje típico local. Este cambio respondió a la necesidad de dar personalidad propia a los gigantes en los encuentros aragoneses, donde las comparsas comenzaban a parecer demasiado similares. La transformación tuvo un gran éxito en posteriores desfiles.
Finalmente, en 2002 se incorporaron a la comparsa dos gigantes muy especiales: Santiagüé y Perico, construidos en memoria de los niños ayerbenses Santiago y Pedro Ramón y Cajal.
Hoy, los gigantes y cabezudos de Ayerbe siguen siendo un elemento vivo y cambiante de la tradición, con raíces en la historia pero con capacidad de reinventarse en cada época. Su permanencia es testimonio de la vitalidad de las fiestas de Santa Leticia y de la fuerza de una comunidad que mantiene viva la memoria colectiva a través de estas figuras que bailan, asustan y emocionan generación tras generación.

